Gritos de libertad

Comparto con ustedes un texto extraído de la publicación online de Las Casildas, por Francisco Saraceno

“Cuando leí el lema de la Semana Mundial por el Parto Respetado de este año – “Silencio, mujer pariendo, bebé naciendo”- la primera imagen que se me vino a la cabeza es la de los nacimientos en penumbras, donde sólo se escucha la respiración de la mujer, sus gemidos, vocalización o gritos.”

Al repetir esa imagen en mi cabeza me quedé pensando en el grito, en lo que cuenta de una situación y, por mi experiencia asistiendo tanto de manera institucional como domiciliaria, me surgió este análisis. Socialmente, el grito es algo que sentimos que hay que callar, sinónimo de dolor, malestar, miedo. Frente al grito hay que responder y hacer, lograr que pase lo antes posible, que se termine.

Sin embargo, así como existen lágrimas de alegría, también hay gritos que denotan intensidad, que son una liberación, un alivio y que nos devuelven el poder y la energía.

Generalmente, cuando vemos imágenes de partos en películas o en programas de televisión lo que vemos es una mujer que grita sobrepasada por la experiencia, un compañero desencajado y un equipo médico que corre buscando acallar ese grito, como si estuvieran en medio de una catástrofe. Desafortunadamente, esta imagen no dista mucho de la realidad institucional donde no sólo el grito está “mal visto”, sino que además se premia el silencio y aguante (“portarse bien”).

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En mi experiencia hay una enorme diferencia entre el grito dentro de una institución y el grito en una casa, tanto para la mujer como para quienes la rodean. En los nacimientos en los hospitales, ese grito suele hablar más de soledad e incluso de angustia frente a una situación donde se pare sin sostén emocional, sin personas que hayan sido elegidas para acompañar en ese momento. Son gritos de mujeres que están acostadas en la cama sin poder cambiar de posición, soportando cada contracción con un monitoreo continuo y un suero. Ese grito es desesperación.

En los nacimientos en casa también hay gritos, pero son de libertad, de empoderamiento de la situación, que dan cuenta de un proceso siempre cambiante, donde hay una búsqueda por transitar la experiencia en conexión con el propio cuerpo y al ritmo de cada momento, presentes en ese instante. Gritos que hablan de la intensidad de la vivencia, una vivencia que nos atraviesa, que nos pone en contacto con nuestra sexualidad y libertad. Gritos que generan alivio, que son “placenteramente dolorosos”, donde tenemos libertad para movernos, tocarnos, cambiar de posición.

Como profesionales es importante aprender a leer y a acompañar el grito, no desde la intervención o desde la necesidad propia, y en cientos casos egoísta, de “acabar” con él. El nacimiento es seguro, la interferencia es riesgosa. Por lo general, el grito genera mucho en las personas que acompañan, las pone más nerviosas, con ganas de hacer algo. Nos es difícil sostener la intensidad de ese momento, acompañar desde el estar presentes pero sin hacer. Se trata más de interactuar con el grito, acompañar ese momento más que intervenir apurando los tiempos que son naturales buscando tapar y callar. Eso no es ayudar, sino más bien todo lo contrario. Es ejercer poder sobre el cuerpo de la mujer y el nacimiento.”

Revista online Enredos Nº 2 Las Casildas

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